

Pasa con la autoestima que parece ser el quid de todo y desde luego lo que sentimos más en falta.
Es frecuente la demanda de aumentar o subir la autoestima.
Y en esto, como en todo, no hay fórmulas mágicas.
Hay mucho trabajo detrás, del bueno, que a veces parece que ni se nota, pero que, siempre pasa necesariamente por determinadas actitudes:
-Dejar de compararnos con los demás; el mayor veneno y antídoto de la sana autoestima es este.
-Hacer valer nuestros derechos y no dejarnos pisotear . Podemos ser considerados y dóciles, de hecho es elogiable serlo, pero no por no ser capaces de decir “no”, o de expresar una opinión controvertida.
-Escuchar muy bien nuestra propia voz, sintonizar con lo que de verdad es importante para nosotros. Os sorprendería saber cuantos peces se valoran por su capacidad de volar, y cuantos peces piensan que nadar es maravilloso…en los demás.
-Disfrutar con el propio cuerpo, la propia imagen, pero ponerlo siempre en su lugar, no sentirlo como limitación ni esconderlo, encontrarse “ un punto” ,pero si no es el caso, no dejar que el hecho de no gustarte te arruine el día , la playa, el sexo o lo que sea. No relacionarte ni contigo ni con el mundo desde ese lugar.
-Muy vinculado a esto: aceptar que no es imprescindible gustarnos para disfrutar la alegría de hacer cosas o de pasar tiempo con uno mismo: deseable, sí; imprescindible, ¡pamplinas!
Pasa también con esto de la autoestima, que va un poco acorde a las épocas de la vida.
De niños nos valoramos según nos reconocen como lindos o aplicados y obedientes. De jóvenes, según nuestro atractivo y gancho en las relaciones sentimentales y nuestra popularidad. De adultos, según nuestros logros, carrera, status, pareja, etc. De más adultos (estoy por descubrirlo) sospecho que por lo logrado y por cuantas capacidades se conservan y cuan en forma se está.
Pero fijaos en la perogrullada que acabo de referir: siempre heteroestima por autoestima, siempre valorándonos por lo que externamente se valora.
Cuando, realmente, la sana autoestima es siempre un compromiso valiente y decidido por quererse uno sin cómos ni porqués, pero con la determinación de expresarse y ser. Uno mismo. Ahí es nada, ahí es todo.