

Una de mis especialidades, una de las que abordo con mejores resultados y más gratificación personal. Al menos, el doble. Ver cómo dos personas desdichadas con su relación se reencuentran, compensa, con creces, la tensión que sobreviene de escucharles gritar, reprocharse, lastimarse y al tiempo mantener e imponer la calma.
No siempre el objetivo deseable es seguir juntos, al contrario. A veces las relaciones son tan tóxicas que, sencillamente, no merecen la pena. Pero la mayoría de las veces, las personas sí quieren seguir juntas y se quieren, pero no se entienden. Están cerrados, no escuchan siquiera lo que el otro les dice. El terapeuta les traduce, crea un nuevo espacio, regala un nuevo modo de escuchar, sin muros ni espirales de negatividad. Rompe los » y tú más», los «aquella vez que me…», los sarcasmos, la frialdad, el no divertirse ni hacer cosas juntos y promueve una complicidad de aliados de verdad, del mismo equipo, sin bandos.
Y la terapia de pareja enseña también a pasar página, si se ha decidido dar una oportunidad tras, por ejemplo, una infidelidad, o cualquier otro acto desleal.
A veces hay miedo a ir al psicólogo con un tema de pareja porque creemos que hablar del tema lo estropeará todo aún más y que mejor es dejar así las cosas. No lo creo. La tensión ya existe y no se va a resolver por echarla a la espalda o negarla. La terapia constituye casi siempre una experiencia gratificante. Y se vuelve a decir te quiero.